por José Gumersindo Torres
“Dando vueltas como el viejo carrusel”Corría el crucial histórico año de 1948 en Puerto Rico . Eran los finales sangrientos años de una década terriblemente afectada por la Segunda Guerra Mundial; y trascendentales locales cambios en el ámbito político-económico-social nuestro. Esta fecha absoluta del pasado siglo veinte es el punto de partida de la nómada y legendaria vida de Jorge Antonetty Torres. Quien parte un día a la edad de quince años desde el barrio Las Mareas, sector La Guancha a una errante trayectoria de más de sesenta años en el fiestero mundo de verbenas, circos ambulantes de los Hermanos Marco con su estelar caballo blanco, “Palomo” y no precisamente el de Napoleón. Nuestro homenajeado pintoresco salinense personaje de nomádico andar, continua rodando como un trotamundos y dando vueltas como el viejo carrusel en las tradicionalistas y nomádicas Fiestas Patronales del terruño donde nací.
Los niños de pantalón cortos de mi época no dormían con la desesperante ansiedad de ver llegar el día de montar los caballitos de yeso y madera. Caballitos que en nuestra niñez imaginación eran tan reales como los de El Cisco Kid y El Llanero Solitario de carne y hueso. Los carritos locos favoritos de los niñitos de etapa infantil y de edad temprana los colocaban al lado del espacioso solar vacío contiguo con La Casa Alcaldía a la salida para Guayama. Los quinceañeros adolescentes, por otra parte, veían los días de fiestear con otros ojos y desde otro punto de vista mas mundano, carnal y real. Estaban mas interesados en el verdoso gusano de veloz ritmo circulatorio con su tapada y destapada capota. Un abre y cierra que proporcionaba momentos propicios para el furtivo oscuro y apasionado beso de la doncella acompañante. Para los jóvenes de pantalones largo de aquel periodo de tiempo, estaba la estrella giratoria que desde arriba en el infinito espacio, cerquita del cielo, aprovechaban los juveniles novios para el conspicuo romántico bendito y divino ósculo deseado.
Montarse en la columpiante estrella era como experimentar una traumática experiencia. Como cuando pasábamos de un grado escolar a otro. Con aquella acompañante incertidumbre que sentíamos al pasar de la escuela elemental Palmer, a la intermedia Baldorioty de Castro a la superior Muñoz Rivera. Como los traumáticos cambios hormonales de la infancia a la niñez, a la adolescencia y de la pubertad viril hasta la edad adulta. La estrella nos elevaba y transportaba a mareadas sensaciones, “a un yo no se que estomacal”, a breve falta de respiración con el súbito bajar de la columpiosa silla. Nos hacia sentir experiencias espaciales, nunca antes sentidas ni experimentadas. Ni mucho menos imaginadas como navegantes del vacío espacio en las estrellísticas salineras alturas. Cuando se detenía en su punto mas alto, contemplábamos el nocturnal pueblito con los arboles de la plaza y las torres de la iglesia con las anejas contiguas casas de arquitectura europea española. Para la juventud de edad viril avanzada de calzones largos estaban las volanderas circulatorias sillas voladoras como variado entretenimiento para mozalbetes de la localidad salineña nuestra.
La Cuna del Mojito Isleño se ataviaba de relucientes luces y resplandecientes bombillas durante los diez días de festejos patronos. Comenzaban el viernes y terminaban una semana mas tarde, finalizando en domingo. Este dominical ultimo día culminaba con una fiestera programación en grande. Mientras tanto se nos llenaba el pueblecito de machinas con sus propietarios, Cheo La Vieja o Raúl Paoli a cargo de las taquilleras casetas. Venían acompañados de extraños machineros de mala reputación y clamoreantes piqueros como Felo Ratón y el jocoso Mario Gómez-Margaro. “Mas aguzaos que una puya de mondar Coco ” y repletos de un vasto repertorio de chistes y sátiras de todos los colores habidos y por haber. Vivían de los diminutos caballitos de madera de múltiples colores y cuadrantes rojizos negros números sobre la aritmética mesa de hule apostadora. “!Jueguen! !Par de cuatro por la izquierda y el ocho que viene metiéndose por la derecha!... !El Seis es el ganador!. No muy lejos de las picas, habían similares juegos de azar. Una ruleta de llamativos chillones colores, donde rodaban los bolos, se detenía la ruleta y…!El siete!... y gana …!La Banca!. No había piedad, ni amor pa, Pola, para los cándidos parroquiañoss apostadores de mi suelo isleño durante los jolgoriosos días.
Durante el transcurso de los festejados días al patronazgo, la iglesia vestía de gala y las campanas repicaban… !din…don!…con un timbre distintivo al de los cotidiañoss, monótonos y a veces “enzorrosos” días del poblado. El Párroco del sagrado recinto parroquial se le veía mas agitado y ocupado que nunca. Caminaba El Padre Torres de arriba a abajo con mas vitalidad que nunca durante las religiosas actividades dedicadas en honor al localista santo patrón pueblerino.
Las Patronales Fiesta eran impactantes días de jubilo y regocijo. De bailes en la plaza delicia, de estrenar ropa nueva, de comités nombrados para organizarlas, a fin de que lucieran mas regias que las anteriores y mejores que la de los pueblecillos y áreas colindantes vecinales. Era un ritual ver el alcalde, el presidente de la asamblea, empleados del municipio, sin faltar, la dinámica líder cívica compueblana, en la representación femenina, llevando la batuta en la elección y coronación de la reina del patronato de dicho años. En todo este brete de reuniones, nunca faltaba el consuetudinario bochinche, rumores, chismes y diretes dentro del marco de circunstancia de los autonombrados líderes de comunidad y primeras señoronas damas.Pomposas nativas féminas de alto calibre y de alta alcurnia de la región del Abeyno. “Cuando el difunto Pancho, que Dios lo tenga en la Gloria, era presidente…Comay…esas si que eran Fiestas”. En mi población natal de Salinas, las vernáculas fiestas de antes, siempre eran mejores que las de ahora.
!Bacalaítos Fritos! !Alcapurrias!- se veían dentro de una negra olla o negro caldero. Allí eran implacablemente castigado por un lento y azulado fuego con manteca caliente que en una metamorfosis de minutos los convertía en coloreantes rubios bacalaítos o en morenas alcapurrias de carne molida. Mientras tanto en las crepusculares nocturnales tardes, caminaban grupos de muchachas y muchachos en derredor de la plaza de recreo. El juvenil grupo femenino caminando siempre de frente en dirección contraria a los masculinos galanes mozos compueblañoss de mi salineño lar nativo. Nuestras festivas fiestas siempre atraían consigo a un montón de gente extrañas pobladores de la zona rural. Desconocidos rostros que bajaban de la ruralía, de la enfangada altura, lejañoss litorales y de comunidades vecinas cercanas. Entre ellos, la figura y fisonomía de aquel impresionante fuerte señor trigueño moviéndose en su carrito de patines por toda las esquinas plazariegas con ambas piernas amputadas.
Dentro de las muchas actividades programadas estaba la ya desaparecida celebración de los hijos salinenses ausentes. Salmistas hijos que temporalmente regresaban al lar nativo con arrogantes progresivos ojos. “Estas Fiestas no están en Na”- “En Nueva York si que se goza en los party- Men”. No faltaban los torneos de domino auspiciados por la fraternidad Eta Epsilon Sigma y El Club Salinas . Celebrábamos los populares plazariegos bailes donde se lucían bailando Rufino y el negrito Pedrito “Bailarín” Rivera del Coquí. Bailables donde se robaba el show, el caballeroso color de ébaños de azabache, “Caribe”, bien vestido con traje, chalina y… !con zapatos!. Igualmente se presentaban las estampas siluetas de garbosos jinetes con sombreros blancos montados en caballos de paso fino en dura y recia competencia contra la caballería de Don Geranio Cautiño. La prestigiosa familia Cautiño oriunda de Guayama poseía uno de los mas rico establos de domados potros de crin reluciente, peinados rabos y majestuoso caballístico andar. De todo el litoral de la zona sur costera, llegaban montones de clubes de motoras. Doblando por El Pastillo en Juana Díaz venían en desfile haciendo gala de motociclista,-“Gal-” con sus poderosas motos. Flamantes motoras Harley a colores que le daban colorido y mayor lucimiento a las autóctonas fiestas nuestras. El Palo Encebao nos daba la oportunidad de reír a mandíbula abierta, cada vez que resbalaban del erguido mástil, los engrasosos gladiadores participantes. Fajaos, sin camisas, repechaban en forma vertical unos encimas de otros, sobre el grasoso poste, para volver horizontalmente a caer en la resbaladiza búsqueda de dinero, salchichón y ron colocados sobre el altivo tope del encebado palo. Los certámenes de trovadores con su típico le lo lai atrían grandes muchedumbre con los duelo en porfía y picantes controversias pico a pico decimales. Nuestra música típica la cantaban, autóctonos gallos de cría del patio de la talla de Juan de Alma, oriundo de Guayama contra Juan Santana, El Jíbaro de Canilla de Villalba. Aniceto Ortiz y Víctor Centeno del vecindario El Coco defendían su acervo enfrentándose taco a taco contra el gran trovador, Yalán de Quebrada Yegua y en reto decimario contra nuestro máximo exponente-Luis Rivera-“Luis Guiro”-El Jíbaro de Salinas.
El ultimo domingo desde la pausa del mediodía se congregaba una nutrida concurrencia en el barrio Playa. Centenares y miles de congéneres de mi tierra isleña hacían la corta travesía en la guaguita de Cachola para presenciar las tradicionales regatas de botes. !Que inolvidables días domingueros con los veloces “zapatitos” surcando el caribeño mar espeso!. Añoradas jubilosas náuticas marítimas competencias de mi comarca del ayer sobre las olas del inmenso mar caribe. Uno de los espectáculos que mas divertían a las grandes masas populares eran los concursos de boxeo local aficionado con su improvisado cuadrilátero de cuatro sogas en la plazoleta nuestra. !La pelea del años!. Don Luis Fermín Font-“Caribe-” el mimado paisaños del proletariado de las vecindades nuestra. Su mas enconado rival, el corpulento y fuertísimo pegador, importado y respaldado por sus acérrimos fanáticos-El Pollo de Aguirre, Chago El Esbaratao y Julio El Mongo. !En esta esquina…El contrincante retador de el barrio Coqui”-!Achuécalo Mangual!. El gran Johnny Manzanet promotor boxístico en la urbe niuyorquina hacia esporádicas apariciones en las actividades boxísticas nuestras.
En vista de lo anterior no faltaban los buscabullas, aguafiestas, guapos de barrios de todos los sectores y forma broncas de áreas aledañas. La pelea callejera de guapetones de la calle eran la máxima atracción del populachero ambiente con la que criaron fama de machos jaquetones “que no echaban pa tras” desde tiempos antaños: Chago Píria y Emeterio “Miche Martínez de Las Mareas. El nombrado Chimbo en El Arenal y Las Ochenta. En el casco municipal Carlos Colorado , Calolo, Sanito y don Cornelio Alvarado eran temidos hombres de a caballo en las márgenes del Río Niguas. En los entornos de Las Marías, el imponente Rigo roncaba mas que nadie y en la camorrista zona roja barriada de Borínquen, ya tenían cartel de ido de camorra con seguidores a tutiplén, El Avispón, el inconfundible Sabu y el temible Mingo Sánchez. Para inicios de los civiles añoss sesenta, roncaban de guapos- “Que no se querían pa, Na”- Miche y Quique el de Las Marías con los renombrados, Congo, Chuco, Félix Bonilla, Tito Agosto, Gulembo, Lepo Alvarado, Freddy Arana, Félix Román, Papo el Malo y Lorenzo de La Carmen. De los pueblos limítrofes también venían y se asomaban por la tierruca del cacique Abey una banda de peleones, cortadores de cuchilla, falfulleros, buscapeleas, caricortao, bocones y abusadores de aquellos tiempos remotos.
Los fuegos artificiales con sus explosivos y quemantes espaciosos cohetes anunciaban la nocturna llegada y oficial comienzo de los festivales vernaculos eventos. Arriba en tarima desde la concha acústica se presentaban los artistas “pegaos” del momento. Las Indias Girls, Felipe Rodríguez, El comediante Machuchal con Eddie Miro, Marta Romero, Shorty Castro, Cortijo y El Gran Combo. Todos auspiciados por las cervecería India -“Que Esta, Buena, Buena, Buena” o por la cerveza Corona- “Que el sabor lo dice Todo”. José Miguel Agrelot y Tommy Muñíz eran patrocinados por la salsa Hunt, los productos Del Monte y los verdeantes potes Libbys con su tómbola llena de premios para el publico asistente. Ya en los albores de la avanzada noche, venían los tropezones con los impertinentes noctámbulos y a veces graciosos “ajumaos ” que estaban a tres por centavo en cada esquina de la plazuela. Jumos y envalentonados dispuestos a fajarse con cualquiera poblador que les hiciera frente. Jidiondos a cerveza fría y a ron curao ardiente de cana. Todavía la droga y la violencia del uso de armas no habían hecho estragos en nuestra costera zona sureña ni había escalado la alta criminalidad a nuestro hermoso país. Los guapos de antes peleaban a uno limpio o a tajo limpio.
El ida mas importante era el día del santo patrón con su religiosa procesión liderada por el cura y los monaguillos del pueblo. Se celebraba un regio baile amenizado por una prestigiosa orquesta, donde se reunían los mas prominentes, selectos y granados de nuestra “blanquita salinestre sociedad.
Jorge Antonetty nacio en la temida barriada de Borínquen en 1933. Comenzó su vagabunda vida como judío errante trabajando en las picas a la edad de 15 añoss. Mas tarde se dedico por largos añoss a deambular con su amarillenta caseta de sacar fotos por todos los rincones y cunetas de mi suelo borincaños. Durante los referidos gozosos días de festividades, la fotografía era un nocturno rito obligatorio del populacho asistente. Había que retratar los nenes, los acaramelados novios querían sacarse su foto de dos por cuatro, medio o cuerpo entero durante los días de jolgorio patronal. Aquellas antiguas fotos en blanco y negro duraban toda una eternidad imperecedera. Eran conservadas diligentemente y cuidadosamente guardadas en el cofre del recuerdo familiar en las gavetas del espejoso chiforobe lleno de amarillentos archivos hogareños.
El vagabundo negro Antonetty poseía, aparte de la caseta de fotos, su “Poconera” de vender el dulce y salado, “pop corn”, rosetas de maíz y una máquina de olla ancha para hacer el azucarado blanco algodón. El algodón que desaparecía como arte de magia, esfumándose en minutos de nuestras empalagosas mañoss, con la primera azucarada mordida. El Negro Antonetty es uno de los pioneros en Puerto Rico, vendiendo las populacheras rojizas manzanas, rociadas de empalagoso y caliente dulce y rojo sirop.
Jorge Antonetty, un legendario salinense, símbolo de una era y de una de nuestras más vetustas tradiciones culturales de pueblo. El fotógrafo Antonetty todavía sigue rodando a sus setenta años y pico de correcosta con la machina, el rodante gusaños, la silla voladora, la estrella y dando vueltas como el viejo carrusel en las modernas y acortadas Fiestas Patronales.
Philadelphia, USA
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